Atención Por Favor.

Ante todo nos dirigimos y agradecemos a todos por la ayuda que nos dan con este blog ya sean seguidores, oyentes del programa de radio y por sobre todo a todos aquellos propietarios de webs, blogs, libros y todos los lugares donde han obtenidos la información y nos han acercado a nuestro mail para que podamos publicarlas en este humilde blog, para que todas las semanas desde hace ya 7 años podamos compartir en dos emisiones las tantas historias, enigmas y misterios del universo que se van pasando de generación en generación y así reflejar esas viejas leyendas, historias, enigmas y misterios que de niños oímos mas de una vez y que nos asustaban en algunos casos como también en otras nos enseñaban a valorar y respetar esas narraciones.

Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.

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lunes, 7 de agosto de 2017

El Mayab, La Tierra Del Faisán y Del Venado

Hace mucho, pero mucho tiempo, el señor Itzamná decidió crear una tierra que fuera tan hermosa que todo aquél que la conociera quisiera vivir allí, enamorado de su belleza. Entonces creó El Mayab, la tierra de los elegidos, y sembró en ella las más bellas flores que adornaran los caminos, creó enormes cenotes cuyas aguas cristalinas reflejaran la luz del sol y también profundas cavernas llenas de misterio. Después, Itzamná le entregó la nueva tierra a los mayas y escogió tres animales para que vivieran por siempre en El Mayab y quien pensara en ellos lo recordara de inmediato. Los elegidos por Itzamná fueron el faisán, el venado y la serpiente de cascabel. Los mayas vivieron felices y se encargaron de construir palacios y ciudades de piedra. Mientras, los animales que escogió Itzamná no se cansaban de recorrer El Mayab. El faisán volaba hasta los árboles más altos y su grito era tan poderoso que podían escucharle todos los habitantes de esa tierra. El venado corría ligero como el viento y
la serpiente movía sus cascabeles para producir música a su paso.

Así era la vida en El Mayab, hasta que un día, los chilam, o sea los adivinos mayas, vieron en el futuro algo que les causó gran tristeza. Entonces, llamaron a todos los habitantes, para anunciar lo siguiente: ?Tenemos que dar noticias que les causarán mucha pena. Pronto nos invadirán hombres venidos de muy lejos; traerán armas y pelearán contra nosotros para quitarnos nuestra tierra. Tal vez no podamos defender El Mayab y lo perderemos.

Al oír las palabras de los chilam, el faisán huyó de inmediato a la selva y se escondió entre las yerbas, pues prefirió dejar de volar para que los invasores no lo encontraran.

Cuando el venado supo que perdería su tierra, sintió una gran tristeza; entonces lloró tanto, que sus lágrimas formaron muchas aguadas. A partir de ese momento, al venado le quedaron los ojos muy húmedos, como si estuviera triste siempre.

Sin duda, quien más se enojó al saber de la conquista fue la serpiente de cascabel; ella decidió olvidar su música y luchar con los enemigos; así que creó un nuevo sonido que produce al mover la cola y que ahora usa antes de atacar.

Como dijeron los chilam, los extranjeros conquistaron El Mayab. Pero aún así, un famoso adivino maya anunció que los tres animales elegidos por Itzamná cumplirán una importante misión en su tierra. Los mayas aún recuerdan las palabras que una vez dijo:

?Mientras las ceibas estén en pie y las cavernas de El Mayab sigan abiertas, habrá esperanza. Llegará el día en que recobraremos nuestra tierra, entonces los mayas deberán reunirse y combatir. Sabrán que la fecha ha llegado cuando reciban tres señales. La primera será del faisán, quien volará sobre los árboles más altos y su sombra podrá verse en todo El Mayab. La segunda señal la traerá el venado, pues atravesará esta tierra de un solo salto. La tercera mensajera será la serpiente de cascabel, que producirá música de nuevo y ésta se oirá por todas partes. Con estas tres señales, los animales avisarán a los mayas que es tiempo de recuperar la tierra que les quitaron.


Ése fue el anuncio del adivino, pero el día aún no llega. Mientras tanto, los tres animales se preparan para estar listos. Así, el faisán alisa sus alas, el venado afila sus pezuñas y la serpiente frota sus cascabeles. Sólo esperan el momento de ser los mensajeros que reúnan a los mayas para recobrar El Mayab.

El Diluvio Huichol

Una vez un huichol quiso roturar un pedazo de tierra para sembrar en él; pero los árboles que cortaba cada día aparecían crecidos de nuevo a la mañana siguiente.

Al quinto día quiso descubrir a qué se debía tan extraño suceso, y después de haber cortado algunos cuantos árboles, esperó. Al poco rato salió de la tierra una viejecita con un bordón en la mano, que, apuntando coa su vara a los cuatro puntos cardinales, hizo que nacieran de nuevo todos los árboles cortados. Era la anciana Nacahue, la diosa de la tierra, que hace brotar la vegetación. Después se dirigió al huichol y le habló; le dijo que su trabajo era inútil, pues antes de cinco días tendría lugar un gran diluvio, cuya aproximación se adivinaría por un viento fuerte que ie haría toser. Le aconsejó que se fabricase una caja de madera, que guardase en su interior cinco granos de maíz de cada color; cinco semillas de fríjol, también de distintos colores; cinco sarmientos de calabaza, para alimentar el fuego, y una perra prieta, y que se encerrase después en ella con todo. Así lo hizo el indio y la propia vieja cerró la tapa, sentándose después encima con una guacamaya en el hombro.

Todo sucedió como Nacahue había anunciado. Durante cinco años la caja flotó sobre el agua en todas direcciones y al sexto comenzó a descender, deteniéndose sobre una montaña, cerca de Santa Catalina, donde puede verse todavía.

Cuando el huichol salió de la caja la tierra seguía cubierta de agua; pero las guacamayas la separaron con sus picos en cinco mares. El suelo pudo secarse y de nuevo se cubrió de vegetación.


Nacahue regresó al cielo y el huichol siguió viviendo en la tierra, acompañado sólo de la perra. Cuando por las noches regresaba de su trabajo, encontraba siempre preparadas unas tortillas en su gruta. Un día se quedó acechando, para descubrir el misterio, y pudo ver cómo la perra se quitaba la piel, se convertía en una mujer y se disponía a hacer la comida. Entonces el huichol se apoderó de la piel y la arrojó a la lumbre, y sin hacer caso de los gritos de la mujer, la refrescó con el agua del nixtamal. Desde entonces no volvió a tomar forma perruna, vivió con él y los numerosos hijos que tuvieron poblaron la tierra.

Del Por Qué La Calle Del Puente del Cuervo Se Llama Así

Vivía en la ciudad de Méjico un extraño personaje llamado don Santiago Amándola, a quien todo el mundo achacaba tratos con el diablo.

Este viejo avaro tuvo un oscuro acabar. Su vida fue muy extraña. Transcurrieron sus años en una elegante mansión, servido por muchos criados y rodeado de amigos, casi siempre gentes maleantes. Ordinariamente iba vestido con harapos, ufanándose de ir sucio y de presentarse inmundo en todas partes. Su cuerpo despedía un repugnante olor y su aliento infectaba el aire en cualquier lugar donde se hallase.

Los mejores ratos los pasaba en su casa, con sus amigos, bebiendo y jugando. Los gritos, risas y blasfemias de estas reuniones atronaban la calle. El tiempo libre que le dejaban estas algazaras lo pasaba don Santiago con un pajarraco negro: un cuervo, que vivía en su casa y era su confidente. Mantenían ambos largos ratos de conversación. Don Santiago contaba al cuervo sus intimidades y éste graznaba repetidas veces para darle a entender sus respuestas. Inclinaba el cuervo la cabeza cuando asentía; la levantaba cuando quería escuchar con mejor atención, y la ladeaba para demostrar su duda. Algunas veces, para negar algo, sacudía las alas con fuerza, y en seguida lanzaba sus prolongados graznidos. A menudo en estos coloquios el amo estallaba en enormes risotadas, como si las contestaciones del cuervo fueran graciosas, mientras que otras veces gritaba desaforado y le reprendía, dándole puñetazos.

De esta manera, y por medio de este cuervo, decía don Santiago que el Señor le arrojaba sus inspiraciones y le revelaba sus secretos. En todo esto, claro está, no había más que burla y engaño; pero el señor Améndola tenía a todo el mundo embaucado con estas extrañas pláticas, que se iban divulgando por todo el barrio, con gran admiración de las gentes.

Don Santiago llamaba a su cuervo Diablo. El nombre de Diablo sonaba a todas horas en la casa. Si los criados o los amigos rompían o estropeaban algo, con achacarle el estropicio al Diablo desaparecía el coraje de don Santiago y mostraba un increíble contento. «Si lo hizo el Diablo, bien hecho está», decía. Y con mano cariñosa le alisaba el negro plumaje.

Un buen día la casa de Améndola apareció vacía. Su dueño y el cuervo, su consejero, habían desaparecido. Los amigos y gentes que frecuentaban la casa los buscaron afanosamente por la ciudad; pero todas sus pesquisas fueron en balde. Don Santiago y su cuervo no aparecían. Después de registrar cuidadosamente todo el caserón, dieron con una habitación cerrada. La llave de esta habitación la había guardado siempre don Santiago, no consintiendo jamás que nadie entrara en ella. Después de mucho forcejeo, lograron abrirla, y cuál sería su asombro al encontrar en ella un gran crucifijo, unos azotes y algunas plumas negras de cuervo! Todos pensaron que don Santiago debía de haber empleado aquellos látigos para azotar al crucifijo. Efectivamente, examinado todo aquello-minuciosamente, aparecieron manchas de sangre en el suelo y en la cruz. Se trataba, sin duda, de un gran sacrilegio. Unos clérigos que examinaron el caso afirmaron esta conjetura.

Con la desaparición del señor Améndola, y con este extraño suceso, todos quedaron amedrentados. La casa fue abandonada y pronto quedó convertida en ruinas. Las gentes que pasaban junto a ella sentían un estremecimiento de terror y durante la noche algunos vieron salir una trémula luz azulada por los balcones y cuartea-duras del edificio en ruinas.

Pasados dos años, los vecinos de la calle del Puente, que se extendía por detrás del colegio de los jesuítas de San Pedro y San Pablo, se vieron desvelados por los graznidos de un cuervo que se posaba en la baranda del puente cercano. Al principio no repararon en él; pero como los persistentes ruidos se repetían todas las. noches, se llegaron a preguntar de dónde habría salido aquel animal cuyo graznido no cesaba hasta que se oían las doce campanadas del reloj,, que le hacían levantar el vuelo.

Se difundió el rumor por la ciudad y se pensó en el diabólico cuervo de don Santiago Améndola. Esta sospecha se vio confirmada al observar que todas las noches, a las doce, un cuervo se posaba en uno de los balcones del viejo caserón, acicalaba sus plumas, lanzaba unos graznidos y acababa por introducirse entre las-ruinas de la casa.

Todos los días, cuando empezaba a oscurecer, el cuervo salía de las ruinas y se iba a posar sobre la baranda del viejo puente, de donde lo espantaba la primera de las campana-nadas de las doce.


Viendo aquel extraño pájaro, que parecía escapado del infierno, las buenas gentes se santiguaban y decían jaculatorias para alejarlo.

sábado, 5 de agosto de 2017

El Puente del Clérigo

Allá por el año de 1649 en que ocurre esta verídica historia que los años trasformaron en macabra leyenda, el sitio en que tuvieron lugar estos hechos consignados en las antiguas crónicas eran simplemente unos llanos en los que se levantaban unas cuantas casucas formando parte de la antigua parcialidad de Santiago Tlatelolco; sin embargo cruzando apenas la acequia llamada de Texontlali, cuyas aguas zarcas iban a desembocar a la laguna (junto al mercado de La Lagunilla siglos después), había unas casas de muy buena factura en una de las cuales y cruzando el puente que sobre la dicha acequia existía fabricado de mampostería con un arco de medio punto y alta balaustrada, vivía un religioso llamado don Juan de Nava, que oficiaba en el templo de Santa Catarina. Este sacerdote tenía una sobrina a su cuidado, muy linda, muy de buen ver y en edad en que se sueña con un marido, llamada doña Margarita Jáuregui.

El tercer personaje de esta increíble, pero verídica historia que aparece a fojas 231 de las memorias de Fray Marcos López y Rueda, que fuera obispo de Yucatán y Virrey provisional de la Nueva España, lo fue un caballero y portugués de muy buena presencia y malas maneras llamado don Duarte de Zarraza.

Por decirse de familia ilustre el galán portugués asistía a los saraos y fiestas virreinales y como doña Margarita Jáuregui, por haber sido hija de afortunado caballero también tenía acceso a los salones palaciegos, cierta vez se conocieron en una de esas fiestas.

Conocer a tan hermosa dama y comenzar a enamorarla fue todo uno para el enamoradizo portugués, que indagó y fue hasta la casa del fraile situada al cruzar el puente de la acequia antes mencionada. Sus requiebros, su presencia frecuente, sus regalos y sus cartas encendidas pronto inflamaron el pecho de doña Margarita Jáuregui que estaba en el mero punto de edad para el casorio, por lo que pronto accedió a los requerimientos amorosos del portugués.

Pero don Fray Juan de Nava también indagó muchas cosas de don Duarte de Zarraza y supo que allá en su tierra además de haber dejado muchas deudas, también abandonó a dos mujeres con sus respectivos vástagos, que aquí en la capital de la Nueva España llevaba una vida disipada y silenciosa y que vivía en la casa gaya y se exhibía con las descocadas barraganas. Además tenía varias queridas en encontrados rumbos de la ciudad y andaba en amoríos con diez doncellas.

Por todos estos motivos, el cura Juan de Nava prohibió terminantemente a su sobrina que aceptara los amores del porfiado portugués, pero ni doña Margarita ni don Duarte hicieron caso de las advertencias del clérigo y continuaron con sus amoríos a espaldas del ensotanado tío.

Dos veces el cura Juan de Nava habló con el llamado Duarte de Zarraza ya en tono violento prohibiéndole que se acercara tan solo a su casa o al puente de la acequia de Tezontlali, pero en contestación recibió una blasfemia, burlas y altanería de parte del de Portugal.

Y tanto se opuso el sacerdote a esos amores y tantas veces reprendió a la sobrina y a Zarraza, que este decidió quitar del medio al clérigo, porque según dijo, nadie podía oponerse a sus deseos.

Siguiendo al pie de la letra añejas y desleídas crónicas, sabemos que el perverso portugués decidió matar al clérigo precisamente el 3 de abril de ese año de 1649 y al efecto se fue a decirle a doña Margarita Jáuregui, que ya que su tío-tutor no los dejaría casarse, deberían huir para desposarse en La Puebla de los Angeles. La bella mujer convino en seguir al galán burlando la voluntad del cura.

El día señalado estaba conversando por la ventana de la casa a eso de la caída de la tarde, cuando Duarte de Zarraza vio venir al cura, acercarse al puente sobre la acequia de Texontlali y sin decirle nada a Margarita, se alejó del balcón y corrió hacia el puente.

No se sabe lo que dijeron, mejor dicho discutieron clérigo y portugués, pero de pronto, Duarte de Zarraza sacó un puñal en cuyo pomo aparecía grabado el escudo de su casa portuguesa y clavó de un golpe furioso en el cráneo al cura

El cura cayó herido de muerte y el portugués lo arrastró unos cuantos pasos y lo arrojó a las aguas lodosas de la acequia por encima de la balaustrada del puente.

Como era de muchos conocida la oposición del clérigo a sus amoríos con Margarita su sobrina, Duarte de Zarraza decidió ocultarse primero y después huir a Veracruz, en donde permaneció cerca de un año.

Pasado ese tiempo, el portugués regresó a la capital de la Nueva españa y decidió ir a ver a Margarita Jáuregui, para pedirle que huyera con él, ya que estaba muerto el cura su tío.

Esperó la noche y se encaminó hacia el rumbo norte, por el lado de Tlatelolco…

Llegó al puente de la acequia, pero no pudo pasarlo, de hecho jamás llegó a cruzarlo vivo. Al día siguiente viandantes mañaneros lo descubrieron muerto, horriblemente desfigurado el rostro por una mueca de espanto, como espanto sufrieron los descubridores, ya que don Duarte de Zarraza yacía estrangulado por un horrible esqueleto cubierto por una sotana hecha jirones, manchada de limo, de lodo y agua pestilente. Las manos descarnadas de aquél muerto, en el cual se identificó en el acto al clérigo don Juan de Nava, estaban pegadas al cuello de Zarraza, mientras brillaba a los primeros rayos del sol de la mañana, la hoja de un puñal que estaba hendiendo su mondo cráneo y en cuyo pomo aparecía el escudo de la casa de Zarraza.

No había duda, el clérigo había salido de su tumba pantanosa en la que permaneció todo el tiempo que el portugués estuvo ausente y al volver a la ciudad emergió para vengarse.


Esto dicen las crónicas, esto contó años más tarde la leyenda y por eso, al puente sin nombre y a la calle que se formó andando el tiempo, se le conoció por muchos años, como la calle del Puente del Clérigo, hoy conocida por 7a., y 8a., de Allende dando como referencia el antiguo callejón del Carrizo.

El Alacrán De Fray Anselmo

Don Lorenzo de Baena, hombre bondadoso y sencillo, poseía una considerable fortuna. Pero ocurrió que un día la mala suerte entró en su casa, y desde entonces las calamidades se sucedieron en una serie ininterrumpida. Uno de sus barcos, que regresaba con telas de China, fue apresado por los piratas; naufragó una nave cargada con mercancías, que don Lorenzo había comprado; envió un convoy de plata a las provincias de Occidente y los indios lo asaltaron… Pero no fue esto lo peor: el único hijo de don Lorenzo iba en el convoy y fue escalpelado por los indios, y su esposa, agotada por el dolor, murió algún tiempo después.

Don Lorenzo sufría todo con cristiana resignación. Cuando su ruina fue completa, sus amigos le abandonaron y tuvo que vender su casa y hasta sus muebles. Aun en la más absoluta miseria, don Lorenzo no se desanimaba y esperaba una ocasión para rehacer su fortuna.

Un día se dirigió al convento de San Diego. Vivía en él un santo padre llamado fray Anselmo, siempre dispuesto a ayudar a quien a él acudiera, caritativo y desprendido hasta la exageración. Su celda era la más pobre del convento y sus hábitos estaban hechos jirones. Todo lo que tenía lo daba, y ya ni hasta un hábito nuevo le querían entregar los hermanos, porque sabían que se desharía de él al momento para socorrer alguna necesidad.

Don Lorenzo le contó todas sus miserias. Sabía que un barco cargado con sedas y porcelanas de la China estaba próximo a llegar. Si alguien le prestaba quinientos pesos, podría comerciar con estas, mercancías y salir de su angustiosa situación. Fray Anselmo estaba muy apenado, porque ya no le quedaba con que poder ayudar a tan buen hombre. Entonces un alacrán comenzó a ascender lentamente por la pared, y el fraile lo recogió cuidadosamente, lo envolvió en un trapo y se lo dio a don Lorenzo, diciendo:

—Es lo único que tengo, hermano. Llévalo al Monte de Piedad, a ver cuánto te dan por ello.

Don Lorenzo hizo lo que el fraile le había indicado. Se presentó en el Monte de Piedad, temeroso y avergonzado, y entregó el envoltorio. Y cuando esperaban que lo despidiesen rudamente, tomando su acción por una burla, se vio sorprendido por la exclamación de admiración que el dependiente lanzó al deshacer el paquete. En su interior había un alacrán de filigrana de oro, adornado con esmeraldas, rubíes y diamantes.

Recibió por él tres mil pesos y salió para San Diego de Acapulco, donde acababa de anclar la nave esperada. Volvió a Méjico con las mercancías y las revendió rápidamente. Esto le sirvió de base para reanudar sus negocios y pronto pudo recuperar su antiguo capital.

Don Lorenzo volvió a ser un hombre inmensamente rico. La fortuna le acompañaba en todos los negocios, y volvieron a llover los halagos de los amigos. Pero no olvidaba que todo se lo debía al humilde fraile, y un día, queriendo recompensarlo, fue al Monte de Piedad, sacó el maravillo so alacrán, lo envolvió cuidadosamente y se lo llevó. Fray Anselmo recibió el regalo con tranquilidad, desenvolvió el paquete, cogió amorosamente el alacrán y, poniéndolo en la pared, en el mismo sitio de donde lo había tomado el día que se lo dio a don Lorenzo, le dijo:

— Sigue tu camino, criaturita de Dios.


Y el precioso animal, convertido de nuevo en un vulgar alacrán, comenzó a caminar lentamente.

La Leyenda De Doña Beatriz

Vivía en la ciudad de Méjico una hermosa joven, Doña Beatriz, de tan extraordinaria belleza, que era imposible verla sin quedar rendido a sus encantos.

Se contában entre sus muchos admiradores la mayor parte de la nobleza mejicana, y los más ricos potentados de Nueva España; pero el corazón de la bella latía frío e indiferente ante los requerimientos y asiduidades amorosas de sus tenaces amantes. Y así pasaba el tiempo; pero, como todo tiene un término en la vida, llegó el momento en que el helado corazón de Doña Beatriz se incendió en amores.

Ello fue en un fastuoso baile que daba la embajada de Italia.

Allí conoció Doña Beatriz a un joven italiano, Don Martín Scípoli, de esclarecida y noble estirpe.

La indiferencia de Doña Beatriz fundióse entonces como la nieve bajo de la caricia de los rayos solares, y se sintió la hermosa poseída de un nuevo sentimiento, en tanto que el joven por su parte, se había también enamorado profundamente.

Poco tiempo después, Don Martín se mostró excesivamente celoso de todos los demás adoradores de la hermosa Doña Beatriz, promoviendo continuas reyertas y desafiándose con aquellos que él suponía pretendían arrebatarle sus amores. Y tan frecuentes eran estas querellas, que Doña Beatriz estaba afligida, y en su corazón comenzó a arrai­gar el temor de que Don Martín sólo se Había enamorado de su hermosura, de modo que, cuando ésta se marchitara, moriría el amor que ahora le profesaba.

Esta preocupación embargó su mente y amargó su vida en forma tal, que decidió tomar una resolución terrible, poniendo a prueba el amor de su galán. Y al efecto, en el deseo de saber si Don Martín la quería sólo por su belleza, un día en que su padre se hallaba de viaje, con un pretexto despidió a todos sus criados para quedar sola en su casa.

Encendió el brasero que tenía en su habitación, colocando en frente la imagen de Santa Lucía, y ante la cual rezó fervorosamente para pedirle le concediera fuerza y valor con que poner por obra su propósito. Después, atándose ante los ojos un pañuelo mojado, se inclinó sobre el brasero, y soplando avivó el fuego hasta que las llamas rozaron sus mejillas. Luego metió su hermosa cara entre las ascuas.


Terminada esta terrible operación, cubrió su rostro con un tenue velo blanco y mandó llamar a Don Martín. Una vez en su presencia, apartó lentamente el velo que le cubría el rostro, mostrándoselo al galán desfigurado por el fuego; solamente brillaban en todo su esplendor sus hermosos ojos relucientes como las estrellas. Por un momento su amante quedó horrorizado contemplándola. Luego la estrechó en sus brazos amorosamente. La prueba había dado un resultado feliz, y durante todos los años de su dichoso matri­monio, Doña Beatriz no volvió a sentir el temor de que Don Martin sólo la amara por su hermosura.

jueves, 3 de agosto de 2017

El Diablo De Puente De Piedra

Cuenta la leyenda que una madrugada un hombre y su carreta, tratando de cruzar un río, invocó al diablo y ofreció su alma a cambio de que le construyera un puente.

Apareció el diablo y le dijo: acepto… A lo que el hombre contestó: pero debera estar terminado antes de que cante el gallo.

Y con velocidad escalofriante el diablo comenzó a construir el puente… Y viendo el hombre que el diablo se apretaba para poner despaciosamente la última piedra con cara burlona, se fue a su carreta, rebuscó en ella y sacando unos gallos los tomó a puntapiés y justo en el límite del tiempo, uno de ellos cantó.

Con prisa cargó de nuevo la carreta y ya sobre el puente dijo adiós al diablo.


* El cantón de Grecia tiene un distrito llamado Puente de Piedra, su nombre se refiere a un puente de piedra que, visto por debajo, se ve que falta una piedra justo donde cierra el arco. De ahí nació esta leyenda.